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Odio

A veces el odio se me sale por los huesos y  se me pega a la piel,  ahí se atora hasta que ese gran cumulo de rencores se me salen por los poros, y puedo sentir al desprecio saliendo en esos hoyitos pequeños de la tela de mis ropas,  por todo el cuerpo, todo el yo me hiede a coraje cupulado con hastió.

Me molesta la hipocresía de los amorosos, los sueños dorados de los utópicos y los colores de los optimistas, las sonrisas forzadas, los complacer por escalar, los engañar con la amabilidad, los católicos y los patriotas. Me molestan los que se engañan con sus metanarrativas y los que igual lo hacen sin darse cuenta de que caen en el poso. A veces pienso, por ejemplo, en el ateo que su dios lo convierte en odio a dios.  Me conmueven los llantos de los niños porque para mí son sinceros, el hombre tiene una atracción casi febril a la tristeza y si pudiera se la viviría en los mares de su aflicción.  El hombre es de todos los animales el más acomplejado, con su conciencia sobre el sufrimiento pesándole, lentamente rompiéndole el cuello. Todos y todo a nuestro alrededor se posan a esperar pasivos la muerte, la vida se les vuelve tan certeramente insignificante como debería de parecernos a nosotros, sin embargo, somos tercos humanos ensimismados. Hemos construido el mundo en el que vivimos para refugiarnos de todo mal y nos hemos volteado a ver a nosotros mismos, a nuestras manos llenas de sangre, a nuestras pieles llenas de salvajismo, ahora somos el mal, el mal son estas manos que me atan a la crueldad, tengo estas piernas que me permiten avanzar a mis indolentes acciones, tengo este corazón que late para hacer daño. Construimos una larga y extensa muralla de lo natural pensándolo como condena y terminamos dándonos cuenta que  la condena la traemos eternizada en el interior, más allá de nuestra muerte, más allá de nuestro nacimiento. 

A vece me consuela el pensamiento de que esta puesta en escena que llamo realidad sea simplemente la representación del infierno, luego me determina, y flagela, el pensamiento de que es  una obra construida para nuestro entretenimiento, estoy sentado viendo este show donde yo soy sólo otra hormiga del constructo gigante, donde soy dependiente de los protagonistas y ese tan arrebatado yo termina por siempre olvidado. Todo eso me disgusta, así como el sol, las personas y sus querellas, los triunfos y las famas.

Me hacen sentir la ira, esa tan abrazadora que te hace crispar los puños,  los amores fútiles de los estúpidos que se besan en los parques, a su vez también me causan la indiferencia sus tipos de enajenamientos, ahí se encuentran absortos en su gozo subjetivo, son sólo un juguete de la voluntad, de la naturaleza. Odio las sombras de lo maravilloso, lo que nos ciega los sentidos en nombre de lo aparente que termina enviciando al hombre. Me molesta el sexo y los  sujetados a las bragas, las adheridas a los penes. Odio las noches plenamente frías en los brazos de quien se ama.  Detesto a quienes aprecian lo soñado por todos.  Las casas gigantes  y las posesiones superfluas. ¿Por qué gusta tanto el hombre buscar algo con qué resignificarse, vanagloriarse? Esa ambición persistente por acercarse a lo perfecto ¡Perfecta es la muerte infeliz obrero!  ¿Qué es la vida? ¿Una acumulación de cosas por cumplir, una lista de quehaceres por realizar?

Me cago en esta pandemia, en esta realidad, en estos tortuosos pensamientos, en los padres que me engendraron para vivir tantos infiernos. Maldigo eternamente a quien me arrojo a este pozo, dónde nos pisamos los unos y los otros rasguñando las paredes, soñándonos estar en la salida, experimentar la cima. Tantas tragedias acumuladas,  en estas circunstancias todo se escapa de nuestras manos, como agua, resbalándose entre los dedos la rutina cae a romperse contra el suelo, con ella nosotros. Maldito encierro. 

A veces quisiera olvidar mis odios, ahogándolos en copas, o envolverlos en algunos cigarros, simplemente dejarme rendir sobre la cama esperando a que se me disipe el existir. Solamente aliviaría a este disgusto vomitando mi bilis y bebiéndola  para quemarme el interior.

El odio continua de tanto correrme en los huesos me eleva, quisiera sentir menos que el coraje abrazando mis miles de venas, debajo del sol, mi cuerpo, y mi interior se hallan enfurecidos con la  enfermedad de esta frustración de ver el mundo quedando destruido a poco y lo odiosos no se dan cuenta.  Ni de lo que exacerba sus  pensamientos, que es esa furia en sus adentros.  Ustedes también odian bastante y no por eso terminan sufriendo, pero se la viven en sus espejismos de  mierda.

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