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La escuela: Una insignificancia significante que empero es insignificante en circunstancias significantes.

El incorrecto.  #2

Sobre la estupidez del adiestramiento.

Cuantas veces el estúpido humano, incluyéndome entre estos, se ha fascinado con aquel tierno rebelde del ayer llamado Sísifo, aquel condenado por retar a los dioses por sus maneras engreídas y sus bromas sin justificación alguna más que negar.  Y cuantas veces nos enamoramos perdidamente de los villanos sin fines algunos más que la destrucción. Es que el hombre ha nacido rebelde, ha nacido libre y cuando ve sobre escena sus sueños e idilios de libertad sujetos a estos seres rebeldes se ha visto ahí mismo siendo espectador con la total imposibilidad de alcanzar aquel sueño del que las historias tanto han contado: La libertad. 

Pero hemos perdido en esa dialéctica eterna, no nos hemos más que encontrado  una y otra vez en el asumir nuestras cadenas, Drapetomanía dijeron alguna vez al que soñaba con  hacer de ese encadenar unas alas, los siempre sometidos (en sentido hegeliano) a lo largo del tiempo con los devenires no hemos hecho más que seguir aceptado y en eso la escuela siempre va a ser el elemento primero que junto con la familia va a hacer del bien católico la máxima negación a hacer lo que queramos de nosotros.  Ojalá todas las escuelas se fueran al infierno con todos sus elementos que hacen del individuo un ser obediente en favor de evitar el conflicto, que los jóvenes entre sus aulas pudieran salir y destruir sus vidas a su manera al menos esa libertad deberíamos tener,   poder salir por ahí a arruinarnos este camio de decepciones llamado vida al menos asumiéndonos en el proceso a nosotros mismos, maldita educación, que me enseñó el amor a la patria, a los  valores y al civismo del ciudadano, cómo si no tuviera suficiente con las leyes tengo que aprender todas las implícitas, así a poco la educación en su campo primario pierde toda su esencia de enseñanza fundamental y convierte el camino en una lucha entre ese interior caótico del ser contra su mayor antítesis, la maldita reglamentación, que me enseñó a no decir la palabra “mierda” en funerales, bodas, juicios y escuelas,  ojala se devore una mano del inframundo a esta institución que formó mis seres amados en mis peores enemigos. No hago más que pensar y darle vueltas a la idea de extinguirla y extinguir con ella todas las posibles leyes que me impidan asesinarme a mí mismo a través del conflicto. 

El otro día asumí dentro de mí algo que la escuela no me enseñó pero que, sin embargo tácitamente me dejo claro: no soy nadie. Pero en negativa a su idea reconocí que nadie lo es, el maestro no es mi autoridad  y nadie más lo será jamás, ni sus calificaciones significan nada pues en el mundo real ese que han enterrado bajo estos muros, ahí  nada significan nuestras palabras moralinas, ni nuestras idiosincrasias políticas, no significará en la soledad nimia del verdadero mundo. Nada es tan superfluo cómo una maestra de primaría o una aula de estudios.

¿De que nos sirve la escuela en el mundo real? Para aceptar de a poco lo que iremos aceptando toda la vida, nuestra condición de espectadores.

Un día dejaras de tocarte la verga para pasar a lamérsela a tu patrón y a eso te ayudará la escuela, aprenderás a ser el mejor lame huevos, por esa ambición arraigada de lo insignificante, ahí se te va la vida educando maldito, educando Sísifo, al abismo de la vacuidad al silencio de los muertos que no significan nada, carros y billetes no los llenan, títulos y satisfacciones no evitan que en su mente algo busque escapar. ¡Cuanta histeria! Comienza por la ola de desahucio que la escuela trae consigo, hoy empieza el primer día de tu gran vida de mierda en el zapato, de consumidor de industrias, de producto para las empresas, hoy es el primer día del resto de tu vida, cuando sabrás que serás, un destinado al éxito o un extinguido por la circunstancia, hoy es el resto de tu vida, firmarás el contrato social.     

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