Odio ser hombre.

G. Tomuch

Sobre la cuestión dudosa del ser hombre.

El otro día me desperté y encontré en esta irreversibilidad que llamo ser, a esta jaula que se hace llamar cuerpo cayendo en cuenta que soy de esos con pelos hasta en el más oscuro y silencioso rincón de este sudorosa tangibilidad, con lonjas, barba, y piel rugosa por el escaso uso de crema, porque bueno, la crema es para putos  todo el mundo lo sabe, cualquier cosa suavecita y/o que te deje suavecito es para putos.  También tenía una voz de cabrón asombrosa, pies grandes con pelos en los dedos, sudor hediondo que penetra cual material radioactivo a las fibras más sensibles de nuestro interior. Alrededor de mí una pieza con bastantes gestos  reconocibles que sustentaban mis suposiciones, un poster de una mujer semi-nude que  gustosa posaba con un uniforme de colegiala, una colección gigantesca de autos hotweels,  una crema y papel en la mesa de la computadora, botellas de alcohol (alcohol barato para ser considerado caro y caro para ser considerado barato) atiborrado en forma ordenada sobre  el ropero, condones, y demás artilugios que sin medida asomaban ante mí aquella terrible verdad: Soy hombre.

 Sí, ese culero maldito que gusta de cosas azules, intensas y de arriesgar su vida a lo pendejo, que al parecer se le figura muy difícil controlar los impulsos de su antepasado salvaje cuando ve un cuerpo voluptuoso, y digo cuerpo porque eso es lo que asoma a su mente, digo cuerpo porque para ese aborrecido espécimen su contra parte no es más que una simple sustancia placentera que los vuelve abismados intelectuales, eso llamado coger. De ahí la mujer no sube  en la categoría de importancia del hombre más que a un tipo de billete de cambio oh y claro, también como objeto de presunción entre otros de su especie con quienes comparte vacuos gustos como las velocidades, el dinero y todo lo que asuma esa ambición de sentirse superior, dígase, carros, dígase motos, dígase músculos, mujeres y penes más largos. Que terrible desgracia, ahora tendré que presionarme por ser el mejor en cualquier competición, adherirme a sujeciones territoriales y empatizar más con emblemas insignificantes que con mi otro despreciable compañero de  vida, el otro humano ese admirador de futbol, de las borracheras y las putas. Que ganas de no poner los pies al día a día sobre la tierra, que hueva asomar mis narices sexo centristas entre las confabulaciones mediocres del mundo para ofrecerme  siempre la superposición por sobre esos ignotos inferiores llamados mujeres.

Estoy de verdad hasta la madre, que me gustaría cortarme mi largo pene ¿será que si está grande? O acaso habrá que medirlo, imagínate que ridículo tener el pene pequeño y que te quemen wey, que desmadre, lo que van a decir los otros de mí. Que desgracia haber nacido hombre.

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